De New England a la pequeña Habana VII

En la gastrónoma Charleston fuimos a un fastfood sureño, a una histórica marisquería, al mejor steakhouse del Estado. Y en Savannah, a una mansión algodonera y tomamos nuestro helado preferido
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Fachada del Old Pink House



Charleston, Carolina del Sur, tiene, como Nueva Orleans, un French Quarter y un mercadillo techado, largo y estrecho. Y surge a su alrededor una notable oferta de restoranes, mayormente de cocina sureña; sobre todo del marisco; en especial cangrejo. No sabríamos decir cuántas veces recorrimos con el auto su barrio residencial; no nos cansábamos de admirar las casas y casonas, con o sin jardín, de madera o ladrillo visto o de ambos a la vez.. ¡Qué armonía urbana! Nos atrevimos con el figón de fastfood, franquiciado, Sticky Fingers (dedos pringosos), de Cocina sureña; el "combo" lleva costillar de cochino horneado con Salsa barbacoa, pollo frito, potaje de judías y ensalada de col. No pudimos acabarlo; y fingers (dedos de pollo) rebozaos con sus papas fritas. No renegamos de la experiencia. Ni del costo: 43 € con cervezas.


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Un comedor del Old Pink House


Teníamos dos recomendaciones; para el marisco, Hyman's Seafood, que data de 1890 ¡otro histórico! el más famoso. De ahí la cola en plena la calle y para evitarla, a la barra. Ha comido en él un sin fin de estrellas de Hollywood, baseball, basket... las paredes aparecen selladas con sus fotos: Kevin Costner, Sandra Bullock... Y nos decíamos ¡qué paladar tendrá esa pobre gente! Fue la peor experiencia del viaje. Los mariscos son ostras, gambas, langostas de "agua dulce", almejas, calamares y poco más; y aparece una verdura bien sureña, muy africana: la ocra. Pedimos una ensalada con pastel de cangrejo, y apenas lo probamos. Detestable. Y un plato con ostras y clamb strip (tiras de almejas gigantes) fritas con demasiada harina. Solo las primeras tenían algo sabor a mar; y pescado a la plancha con calamares fritos y espinacas sancochadas. Misma tendencia. Con cerveza 100€, incluyendo la obligada propina para un servicio penoso, casi chulesco, de un 15%. ¡Manda uebos! El otro fue Halls Chophouse, el mejor steakhouse. Entramos, y a pesar de los intentos por retenernos nos largamos; una de las manías de muchos restauradores norteamericanos es el amor a la penumbra. Y éste estaba casi a oscuras. Y ya en la calle pasamos junto a otro restorán y, a través de su ventanal, nos pareció mejor iluminado. Entramos y ¡chasco! era el anexo del Halls; mas adolecía de otra generalizada manía: los comensales a vocerío limpio, al que se unía el de otros clientes pasados de alcohol en un bar situado a un par de metros. Y un recalcitrante televisor. Coctel de cangrejo (sosón) con kétchup algo especiado y un Tomahawk (chuletón), que, visto el precio, 100€, decidimos compartirlo: 400 gr de carne, que no estaba para lanzar voladores, madurada durante 56 días (una estupidez), de una reputada carnicería de Chicago, Allan Brothers. Con cervezas 225€. Y al dejar la ciudad almorzamos en un sencillo bufé indio; dos personas, con bebidas, 27€.


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Fritura de ostras y tiras de almejas gigantes


La pequeña y bella Savannah, Georgia, es pura nostalgia sureña reflejada en blancas mansiones del negro algodón. Está salpicada de frondosos parques y fue escenario de, al menos, dos películas. Una está basada en el libro Medianoche en el jardín del bien y del mal, un caso real: el asesinato en 1981 de un gay por su amante, dirigida por Clint Eastwood. La otra es Forrest Gump, quien, en uno de los recoletos parques, Chippewa Square, aparece sentado en uno de los bancos; hoy se encuentra como pieza de museo en California. La zona antigua, y bien movidita, Market street, estaba invadida del nuevo fenómeno: turismo low cost y cervezas a payoyo. Y restoranes cuyos empleados tratan de convencerte, al paso, de que entres. Como en nuestras zonas turísticas. Nos hospedamos cerca de una barriada de humildes casitas de madera en la que viven negros. ¡Fue la única vez que vimos síntomas de pobreza! Decidimos comer en el más chic: Olde Pink House, por aquello de fisgonear en una mansión algodonera, con columnas, del XVIII. Un comedor estaba lleno de vociferadores. 


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El Tomahawk de 100 euros


Terrible. Pedimos que nos cambiaran, mas en el otro comedor tuvimos que colocar los móviles sobre sendos vasos para servirnos de la linterna. Un trotamundos camarero italiano, de trato bien simpático, nos recomendó Pollo frito "con receta especial de la casa": bouquet de ajo; y el Crispy scored flounder with apricot and shallot sauce, geechie boy grits collard greens; en román paladino: codillo de cochino guisado durante 10 horas con una salsa de albaricoque, chalotas... y guarnición de los populares Macarrones con queso. De lo mejor del viaje. 90€ con cervezas y aguas. Y antes de continuar el periplo nos tomamos un cremoso helado tutti frutti en la célebre Leopold's, donde se inventó. Creada por unos inmigrantes griegos, en 1919, sigue siendo un referente gastronómico. Y carretera abajo, hacia el último Estado: Florida, donde daríamos rienda suelta al patrioterismo y al orgullo de ¡al fin! nuestra Historia. Amén de tener una experiencia difícil de repetir.



Texto: Mario Hernández Bueno

Fotos: Tania Aguiar