Los Flamencos de Cayo Coco

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A finales de los ochenta en Cuba se juntaron el hambre con las ganas de comer. El fracaso de varias zafras había obligado a entrar en “periodo especial” con racionamiento de productos esenciales. Al mismo tiempo los gestores hoteleros y diversos inversores españoles habían descubierto que las inmensas posibilidades del turismo estaban empezando a ser reconocidas por el régimen. Varios empresarios turísticos, como el canario Martinón habían iniciado el camino pero el salto cualitativo lo dio el mallorquín Gabriel Escarrer - el Meliá Internacional Varadero abriría en 1990-.


Tabacalera con importantes intereses en Cuba estaba interesada en invertir en Turismo por lo que fui contratado para asesorarles en el proyecto más importante para ellos y para sus socios cubanos: el desarrollo de Cayo Coco, la mayor de las Islas ( 370 KM cuadrados ) del pequeño archipiélago llamado “ Jardines del Rey” , en la costa oeste de la región central .

El Gobierno se lo tomó en serio. El vicepresidente y Ministro de Turismo Osmany Cienfuegos decidió acompañarnos en nuestro primer viaje al cayo.


A las seis en punto de la mañana del día señalado- en general los cubanos son puntuales y madrugadores - nos recibió en una de las salitas de autoridades del aeropuerto de La Habana con chupito de ron añejo y Cohibas . Así que engullimos la bebida y encendimos el habano. Al ser avisados de que el avión militar que nos iba a transportar estaba listo ,Osmany no hizo el menor gesto de apagar el veguero, así que cruzamos doscientos o trescientos metros de zona de pistas puro en mano.


Una vez en el avión y con el” lancero” encendido, tras sentarnos y, al menos yo, ajustarme el cinturón, Osmany me miro cariñosamente y con su inconfundible voz gangosa que salía de la nariz me dijo “ amigo Vasallo , a ver si sacamos adelante esto de Cayo Coco y arreglamos de una vez esta jodedera del socialismo tropical “ , expirando suavemente la jota inicial .

Nunca he vuelto a escuchar una definición más precisa de la situación cubana.


Volamos a Ciego de Ávila, la capital de la provincia, para trasladarnos desde allí en avioneta a los Cayos. El espectáculo era maravilloso: playas vírgenes, algunas realmente espectaculares como Playa Largo y Playa Flamenco.


Cayo Coco no contaba entonces con infraestructuras por lo que tuvimos que dormir en unos barracones militares y al dia siguiente hicimos la visita en todo terreno. Despegamos de regreso al atardecer y cuando empezamos, a baja altura a sobrevolar la zona de Bahía de los Perros , al sur , cientos de flamencos rosados iniciaron también su vuelo al oír el ruido , en perfecta formación en uno de los espectáculos más fascinantes que he visto de mi vida.


Hemingway en su gran novela “Islas en el Golfo “describe con maestría el espectáculo.


En mi informe señalé los inconvenientes que podría provocar la construcción de un “ pedraplén “ de unos diecisiete kilómetros que uniría el cayo con la Isla principal , por los problemas medioambientales , el peligro para los flamencos y la pérdida del romanticismo que provocan los lugares a los que hay que arribar por barco.




El “ pedraplén “ se construyó , los flamencos se fueron, aunque años después regresaron , ya sin obras y con un hábitat regenerado, y ahora Cayo Coco es un lujoso destino de hoteles de cinco estrellas la mayor parte gestionada por empresas españolas , que cuenta con su propio aeropuerto internacional. Se acabó el misterio y gano el negocio.


El proyecto de Cayo Coco gano algún premio internacional. En un viaje posterior a La Habana fui con Osmany a entrevistarme con el comandante que nos recibió prontamente y, antes de que yo pasara a informar le dijo al Vicepresidente: “Oye chico, toma notas “, lo que debidamente hizo sacando del bolsillo una pequeña libreta y un bolígrafo.


Entregué a Fidel una página del ABC dedicada al premio otorgado al proyecto pero sin reparar en un pequeño recuadro a pie de página, que fue precisamente lo que él vió. Retirando ligeramente el kepi y rascándose la parte superior de la frente con cuatro dedos de la mano derecha me preguntó por qué era necesario tirar cien mil hectolitros de leche. Desconcertado le digo qué a qué se refería y me enseña el recuadro que informaba del excedente sobre la producción regulada por la Unión Europea. Le expliqué el funcionamiento de la Política Agraria Común y la obligatoriedad de la actuación por haber sobrepasado las cuotas establecidas. Se quedó pensativo unos instantes y me aseguró: es imposible que el capitalismo, que es capaz de hacer esto, pueda sobrevivir. Parece que entre sus múltiples habilidades no figuraba la de profeta.




Ignacio Vasallo