La costa de la muerte está vivita y coleando

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Siguiendo la tan amable como insistente invitación de unos amigos sacamos con antelación los billetes y volamos a Galicia justo cuando la azotaba un temporal en primavera. A punto estuvimos de quedarnos; sobre todo porque el destino era la bella Muxía, plena de Costa da morte, donde se recolecta, cuando la mar no mata, el mejor percebe del mundo. ¡Casi nada!

Así que no pusimos límites a la providencia y aterrizamos en Santiago. Los amigos nos recibieron con un tentador whatsapp: nos esperaban para cenar en el restorán Casa do peixe; y a eso de las 11:30 llegamos a la entrada de Muxía, donde nos dieron la bienvenida con dos calderos llenos del mejor percebe del mundo, que, jugándose el bigote que no tiene, había cazado aquella mañana, para nosotros, Manolo Antelo, el chef propietario del bonito figón. Su esposa y maître, Belén Lama, nos recibió también con ese calor que una Naturaleza indignada nos negaba. Sus dos hermanos son curtidos pescadores con barco propio; mas nos quedamos con la magua (que también es voz gallega, lusa) de conocer a su madre, Lita Marcote, que, a fuer de lo que nos contaban, es el personaje. Habíamos pedido saludarla, pero nos contaron que cada día se levanta a las dos de la madrugada para llegar a la lonja Muro, en Coruña, y hacerse con los mejores congrios de la captura del día. ¿Y cómo sabe cuáles son los mejores? Porque lleva haciendo la misma rutinaria ruta desde jovencita; primero, durante decenios, en taxi con tres revendedoras más, y luego, ya bien mayor, en camioneta propia, pues la artrítica senectud no la redró para sacarse el carnet de primera. Si uno no sabe de congrios puede que nos endiñen hembras, que son de inferior calidad, blandengues, pero ella las distingue con solo un golpe de vista.


Y tras el sacrosanto marisco nos sirvieron congrio en caldeirada: sancochado, rociado de Ajada y papas también sancochadas; ¡ah! esas papas gallegas que aun no han sucumbido a los siniestros manejos que han convertido a las nuestras en un producto sin prestigio. La Ajada era perfecta. Siempre la hemos combatido. Tanto como a España ese director de cine, un poco bizco él. Pero comprobamos esta vez que no anuló el profundo buqué a mar de ese pescado anguiliforme. Y a continuación vino el congrio a la plancha. Y a vueltas con esas papas deliciosas. Y una ensalada de lechuga crocante, cebolla y tomates ¡Ah los tomates! ¡Nuestros tomates! Otro crimen sin resolver. La tertulia de sobremesa giró en torno a qué elaboración fue mejor.


Costa da morte es, de antiguo, famosa por sus secaderos de congrio y un festival gastronómico de congrio en Semana Santa. Nunca pudimos comer el jareado o su plato paradigma, que es guiso o potaje (cuaresmal) de garbanzos. Como los Callos gallegos, canarios y andaluces. Nadie lo hace allí, el gallego no concibe comer pescado salado; ha dispuesto de él fresquísimo, al menos en los castros del litoral. Todo el jareado se envía a Calatayud, y allí los bilbilitanos, tras cambullonearlos por cuerdas o cabos, se entregan al festín; que son los de "la Dolores" unos locos por ese guisote, y por eso -se dice- mantienen la fábrica de cuerdas. Y puede que sea así. En cualquier caso, no podíamos rendirnos a la idea de regresar sin probarlo; así que los ya amigos de Casa do peixe, viéndonos tan abatidos, se prestaron voluntarios a hacérnoslo.


Y mientras llegaba el día, las sorpresas no pararon. Nos habían reservado en ¡un albergue!. En pleno centro de la bella Muxía se erige un híbrido: un albergue para peregrinos y un hotel convencional: Bela Muxía. Ambas opciones son de un diseño originalísimo, único, moderno. No epata por el lujo, es puro racionalismo, funcionalidad, minimalismo. Parece como si entrara uno, de repente, en Escandinavia. Y algo tendrá que ha acaparado premios de diseño: nueve nacionales y tres internacionales. Incluso uno neoyorkino. O que Amancio Prada o la cantante portuguesa María do Feo sean clientes. Tiene una enorme cocina-comedor, salones de lectura... Todo proyectado por los arquitectos Juan Creus y Covadonga Carrasco. Y al lado desayunábamos: café con leche, cuatro rebanadas de pan (otro crimen sin castigo, en Canarias) gallego tostadito, mantequilla y mermelada, generosamente, zumo de naranja y fruta fresca por 4,50€. Las habitaciones dobles salen por 45€ y las literas 12€. Y casi se nos quedaba por chivarles dos cosas más de esta zona de Galicia, que es menos conocida, menos hollada por el atronador turismo masivo: la baratura de la comida y, sobremanera, la gente: dulce, gentil, servicial, hospitalaria.




Texto: Mario Hernández Bueno