Rezando en una iglesia de la Libela (Etiopía)

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El sacerdote sostenía con firmeza la Cruz de Lalibela, su símbolo sagrado. Norte de Etiopia. Los ritos religiosos resultan muy reconocibles y familiares para quienes hemos superado una infancia de rosarios, vigilías, letanías y kyrie eleison. Domina un olor penetrante a incienso y a humo. Las velas de cera parda, amasada a mano con torpeza artesanal, queman en mechas humeantes que ascienden en volutas infinitas. Suenan los cánticos y las plegarias en lengua ge’ez, usada antes que el amárico, y que llegan en formato de sonido cuadrafónico. Desde todos los ángulos nos acaricia el suave murmullo de las invocaciones. Se respira la fe de los creyentes locales que comparten muchas de las creencias del judaísmo.



Etiopía profesa la fe cristiana desde el siglo IV y Lalibela, junto a Aksum, es el vaticano de la iglesia ortodoxa etíope que aglutina 50 millones de seguidores. Casullas bordadas en hilo de oro son lucidas, con orgullo, por los clérigos locales,que tocan su cabeza con una fina gasa blanca. El viajero, cual si se tratara de un Indiana Jones de fin de semana, viene leído sobre los misterios ancestrales de este conjunto de iglesias, una decena a lo sumo, que nacen de las interioridades de la tierra, tal como si crecieran hacia abajo. Se trata de excavaciones en la roca, talladas por el método pico y pala. Diseñadas sobre una base geométrica, elevan sus muros hacia la superficie: la excavación sigue de abajo arriba y asciende hasta que llega a mirar a los ojos a las nubes. La tradición oral está plagada de aventuras vividas en un laberinto de pasillos y galerías que se conectan para asi engendrar el misterio de Lalibela que sirve para animar el alma aburrida del viajero necesitado de emociones fuertes.


Fue declarada Patrimonio Mundial de la Humanidad por la UNESCO en 1983




Pedro Palacios Salvador