De New England a la pequeña Habana (II)

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De Boston a Provincetown, el reino del bogavante. Después, Newport y la taberna más antigua de los EEUU



Dejamos atrás a la elegante Boston, enladrillada de rojo; de arquitecturas diversas y admirables. Y muy arbolada. Nos recordó a Suiza, pero con el orgullo de su Historia. Un poco hacia el sur desembarcaron los peregrinos del Mayflower y se institucionalizó en noviembre la fraternidad nacional ante un pavo asado. En su ensayo Cocina y civilización, Carson I.A. Ritchie trata de demostrar que en todo hito histórico anida un componente alimentario; lo que detonó la Independencia fue un motín, en 1773, conocido como Tea Party, en respuesta a la agobiante fiscalidad británica; un grupo de colonos disfrazado de indio se dirigió al puerto, asaltó varios barcos y lanzó al mar los cargamentos del imprescindible té. No obstante, el carácter británico, amabilidad y cortesía de muchos bostonianos ayudan a entender la condición de "aristocracia".


Salimos hacia Provincetown, pueblo situado casi al final del delgadísimo e interminable Cape Cod (Cabo Bacalao), y pasamos por Plymouth Rock, donde desembarcaron los puritanos. Queríamos ver las mansiones en las que veranean los bostonianos al tiempo de seguir el rastro de los colonos portugueses, colectivo querido. Portugal fue la primera nación neutral que reconoció al país; hay más de 1.3 millones en EEUU. Por el camino paramos en un área comercial y en un inmenso supermercado compramos "lobster rolls"; especie de perros calientes: esponjosos panecillos, generosos trozos de bogavante y una suave mahonesa (6€). Uno de los bocados más populares de Nueva Inglaterra. Y con pequeños tetrabrik de leche hicimos el tentempié sobre el maletero del Ford. Hemos de confesar que nos privan las langostas y los bogavantes, incluso sí les falta sabor. Son fetiches gastronómicos. De hecho, a la vuelta buscamos aquella área comercial para devorar otra vez tan conspicuos bocadillos.




La costa al sur de Boston o Martha's Vineyard, isla donde tenían mansión los Kennedy (hoy museo) o se rodó Tiburón, fueron asentamientos lusitanos y de manera destacable los cazadores de ballenas azorianos. Provincetown tiene también origen luso a pesar de sus pintureras casas de madera, cuidadas como joyas, que transportan a la dulce Escandinavia. No pudimos apreciar vestigios culinarios portugueses; prevalecen el sancochado del bogavante así como el bacalao, la vieira y el fletán fritos en ignota grasa y mucha harina. Nos alojamos en una de las pintureras casitas de madera transformada en hotel mínimo. Recorrimos el pueblo; admiramos sus callejuelas, casitas y mansiones. Muchas de ellas convertidas en boutiques, salas de arte, bed & breakfast, restoranes. Nos decidimos por el más popular, la "catedral del crustáceo": Lobster Pot. Hicimos por la tarde la reserva personalmente y, a la noche, informado Shawn, el patrón -un divertido loco irlandés- que éramos españoles fuimos atendidos de maravilla. Ensalada César y langosta (32€) en un comedor enorme e informal. Lleno hasta la bandera. Y más que servicio, aquello fue mimo. Allí han comido celebridades de la política, las artes...




Dejamos Massachusetts para llegar a Rhode Island, que da nombre a la Salsa rosa de los cócteles de crustáceos, y alcanzar la bonita bahía y una impoluta Newport, que aquel día, de pleno sol, se mostraba radiante. Era nuestro objetivo almorzar en la taberna más antigua de los EEUU: The White Horse. El inmueble de dos plantas y madera, paradigma de la arquitectura colonial, data de 1652; fue corte de justicia, ayuntamiento, vivienda y una taberna propiedad del pirata William Mayes, que había "faenado" por el Mar Rojo, donde hizo la "fortuna" y fue recibido con vítores. Cosa muy del inglés. En Newport corría el ron; había destilerías que se nutrían de distintas melazas, que entraban por el puerto; así que en 1730 la compró un rico tabernero de nombre J. Nichols, quien le puso el nombre. Aun sigue declarada como la más antigua taberna de los EEUU, pero en 1981, un tejano, de apellido Pitts, la hizo restorán. Nos recibió el "manager", un tipo algo arrogante. El menú del almuerzo es corto; tomamos la típica Sopa de almejas, que no nos gustó; pasable Ensalada César; sabrosos penne con bogavante, quesos Gouda envejecido y Fontina, y nada cicatera Ensalada de bogavante.




Tras el café y la obligada sesión fotográfica subimos a nuestro jumento de cuatro ruedas y proseguimos el itinerario hacia New Haven, donde admiraríamos uno de los centros mundiales del saber y comeríamos en dos figones bien singulares. 



Textos: Mario Hernández Bueno

Fotos: Tania Aguilar