De New England a la pequeña Habana IX

Miami es el paradigma de una ciudad hispanoparlante en los EEUU. Comimos en un restorán cubano de nombre Islas Canarias
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Con Abel Martínez en el Islas Canarias


Durante los 5.430 km abandonábamos a veces las autopistas y marchábamos por carreteras cercanas a la costa, atravesábamos espectaculares desembocaduras de ríos y pueblos con encanto. Es país bellísimo. Impresiona. Las viviendas son unifamiliares y a muchas se les divisa parte de sus tejados al sobresalir de los bosques que orillan las carreteras. Son blancos, de madera y con orgullosos céspedes. Sin vallas, como asentamientos coloniales con las pequeñas iglesias de erectas agujas. Y no vimos una sola reja; el temor está ante los huracanes, tornados e incendios, que arrasan. Por otro lado, es gratificante que el personal de hostelería sea, en gran medida, hispanoparlante, y la colonia cubana en Miami gobierna el 75 por cien de los distritos. Y observamos cierto encarecimiento; los hoteles, en las grandes ciudades, están caros. Una de las causas -nos dijeron- es la adquisición por Marriott y Hilton de otras cadenas; lo que les permite tarifar cómodamente, e influye la cotización al alza del dólar.


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Carnes en un supermercado en Cayo Vizcaíno


Acaso sea Miami la ciudad más cara; sin embargo en Cayo Vizcaíno, donde residen españoles de alto nivel, observamos que los precios en un supermercado son razonables (steaks de unos 500 gr de buen vacuno por 5€) y suelen disponer de tentadoras ofertas de comidas pret-a-manger. A finales de mayo los hoteles se ponen aun más caros: se celebra, con un puente, el Memorial Day (de los caídos por la patria) y miles de negros jaraneros de Estados vecinos acuden a montarse fiestas; llegan con ellos hordas que generan concentraciones de policías; a veces se oyen disparos, sobre todo por Ocean Drive, y flota en la playa el delatador humo de la "yerba". Por aquello de visitar lugares míticos nos llegamos al que fuera el hotel preferido de la Mafia, The Clay, pero estaba en obras. Mas sigue en estado de revista el lujoso Fontanebleu, también alojamiento de la tan literaria y cinematográfica organización, cuyo restorán chino, Hakkasan, cobra el menú sin bebidas a 100€, más el IVA y el servicio. En aquellos días feriados se forman en los alrededores del The Clay tumultos; hay calles que se cierran al tráfico; se organizan desfiles de soldados y de veteranos y los aviones divierten con riesgosas piruetas. A metros de The Clay conseguimos mesa en el sencillo italiano Pane&Vino: Spaghetti carbonara (19€) y Bucatini a la almatriciana: salsa de tomate, beicon y pimienta de cayena (26€). Con 3 cervezas y un expreso, 75€. Así está la cosa.

Pero la comida que más ansioso nos tenía era la cubana. Dejamos al famoso restorán Versailles para otro día y optamos por el Islas Canarias, inaugurado en 1975. Devoramos en grandes raciones arroz blanco, frejoles negros, Arroz Congrí, un rabo de toro delicioso y chips de malanga. Con dos cervezas, 45€. Nuestro estofado de cola de bovino se aclimató bien en Cuba y en Filipinas. Y cumplimos con otro deseo: charlar con exiliados; el gerente del Islas Canarias, Abel Martínez Coterón, que trabajó en el mítico Latinoamericano, sede de tertulias anticastristas, cerrado hace años, nos chivó que el negocio es propiedad de Naty Andrade y su madre, Amelia, emprendedoras cubanas que poseen otros figones, y que el bautizo se debió a que pasaron un tiempo en nuestras islas. Y también nos dijo que en los restoranes cubanos -como sucede en Boston con los portugueses- los cocineros son salvadoreños.


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Los escalones testigos de un asesinato


Y del arroz con frijoles pasaríamos al glamur: el menú de almuerzo, a 29€, en el comedor íntimo del que fuera el dueño de famosa mansión: Gianni Versace. Hoy, hotel boutique cuyos precios es cosa de pensársela; se alojan celebridades de Hollywood (Tom Cruise...) y otros millonetis. Corre en Miami el dinero como los gamos. Tras la muerte del modisto la mansión pasó de mano en mano y casi se la queda Donald Trump. Hoy -dicen- es propiedad del futbolista Beckham y un grupo de inversionistas. Y tras subir los pocos escalones, donde precisamente cayó abatido el modisto, fuimos descaradamente observados de arriba abajo por una joven recepcionista, una rusa pizpireta que quería comprobar si cumplíamos la mínima estética. Y bien que si: tomamos pulpitos (con tufo a mal congelados) en Salsa de tomate y hamburguesa; y nuestra esposa, Ensalada César y filete de pollo en salsa de champiñones. Al final, con un par de cervezas, una de San Pellegrino, par de helados y la merecida propina para la simpática y aduladora camarera salió el menú por 65€. Pero Miami nos procuraría más experiencias que contaremos en la siguiente y última entrega.



Texto: Mario Hernández Bueno

Fotos: Tania Aguiar