Un verano italiano

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El ‘berlusconcillo’ y ministro del Interior Salvini comete el sacrilegio de utilizar la playa, el lugar por excelencia del ocio, para hacer negocio, en su caso político, vendiendo, en bañador y cangrejeras, y micrófono en mano, por el sur de la península, las bondades de su programa y la necesidad de convocar elecciones



En nuestra civilización europea tenemos asumido que dedicamos un mes al año al ocio y los restantes once al negocio, el

‘nec otium’ ,el no ocio. Si en la cultura grecorromana el ‘nec otium’ tenía connotaciones negativas –tener que realizar una

actividad no placentera para sobrevivir–, en nuestra forma de vida actual, claramente influida por el protestantismo, ocurre

al revés, es el ocio el que no goza de buena fama.


Veamos el ejemplo de la política en la que los que ocupan los niveles más altos se van como mucho un par de semanas de

vacaciones y enseguida se acusan unos a otros de no estar en su puesto de trabajo.


Para resolver ese problema no nos queda más remedio que acudir a Italia, donde la contradicción más evidente se

convierte en una situación aparentemente normal sin solución de continuidad. Expresiones que aquí tendrían

connotaciones negativas, chaquetero pongamos por caso, se convierte en ‘voltagabana’, que quiere decir lo mismo, pero

que en Italia identifica a varias docenas de diputados que en cada legislatura cambian de partido, alguno hasta en seis

ocasiones, sin que ello sea obstáculo para ser de nuevo candidato por el partido que sea y regresar a la Cámara . Otra

expresión maravillosa que describe la relación entre contribuyente y Administración es la del ‘acompagnatore fiscale’, la

persona encargada de acompañar al cliente que acaba de comer en el restaurante que le contrata, hasta los trescientos

metros del local, límite que marca la ley, con la factura, por si aparece un inspector, para luego regresar y repetir la

operación con la misma factura y nuevo cliente.


Pero este verano han superado todos los límites anteriores. El ‘berlusconcillo’ y ministro del Interior Salvini se ha dedicado

durante la última semana de julio y la primera de agosto al ‘beach working’, según expresión propia, es decir, a cometer el

sacrilegio de utilizar la playa, el lugar por excelencia del ocio, para hacer negocio, en su caso político, vendiendo, en

bañador y cangrejeras, y micrófono en mano, por el sur de la península, las bondades de su programa y la necesidad de

convocar elecciones tras la moción de censura que presentaría al Gobierno del que es vicepresidente. Uno todavía se

acuerda de que en los años ochenta el primer ministro Aldo Moro iba a la playa en traje y corbata y se instalaba debajo de

una sombrilla para leer el periódico. Por supuesto nadie le vio nunca en bañador, y no digamos Giulio Andreotti, al que

 nadie pudo fotografiar sin gafas. Los admirados Fellini y Visconti nos enseñaron el distinto uso que hacían de las playas

las diferentes clases sociales según la vestimenta, que iba de traje de lino blanco con ‘canotier’ a bañador con tirantes.


Cuando creíamos que el deseo de Cavour de “hacer italianos“ se había cumplido nos encontramos con que a lo mejor se le

fue la mano. No olvidemos que el ‘trumpito’ Salvini sigue siendo el jefe de la Lega, a la que le han quitado el apellido de

Nord; esa que gritaba lo de “Roma ladrona”, que deseaba un Estado propio en la ilusoria Padania y que tan buenas migas

hacía, y sigue haciendo, con los ‘indepes’ nuestros. Es como si en España Esquerra Republicana de Catalunya, suprime

de su título las dos últimas palabras y se convierte en el principal partido en Andalucía.


Decía Felipe Gonzalez que en España ya tenemos crisis gubernamentales a la italiana pero que no tenemos italianos para

gestionarlas. Por supuesto que no. Allí la crisis es la forma natural de vida del sistema, pero ni los medios de  comunicación ni el público en general se muestran preocupados por la situación. Algunas capas sociales como los pequeños y medianos empresarios de empresas tecnológicamente punteras del Norte aparecen satisfechas de que no les estén tocando las narices.


Ellos a lo suyo. Salvini hace de ‘discjockey’, pinchando incluso el himno nacional, como una de las variantes del ‘beach

working’, mientras aquí el vicepresidente de la Junta de Andalucia le indica al presidente del Gobierno el camino de vuelta

desde “Las Marismillas“ a La Moncloa a ver si trabaja para formar Gobierno, haciendo ver que el ‘negocio’ es más

importante que el ‘ocio’ no sólo once meses al año, sino once meses y tres semanas. Igual es que el espíritu de Max Weber

ya ha penetrado en nuestro sustrato cultural y nos hemos transformado en protestantes sin saberlo, con lo que no hay

manera de convertirnos en italianos para resolver la crisis como le hubiera gustado a Felipe Gonzalez. ¿O acaso alguien

conoce a algún político italiano que se declare orgulloso de ser protestante?


Texto: Ignacio Vasallo

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